Nos hemos salido del camino en lo que respecta a la alimentación
16:19Personalmente, culpo a la Revolución Industrial. Si el ama de casa promedio nunca se hubiera separado de sus raíces agrícolas, no tendríamos ni la mitad de los problemas que tenemos actualmente. Cultivaríamos nuestras propias verduras, prepararíamos guisados bajos en grasa y con entrañas de cerdo, y viviríamos saludablemente y sin estar histéricas ni bajo el control subliminal de la “nave nodriza” Tesco [N. del T.: el mayor supermercado de Inglaterra]. Probablemente también estemos un poco aburridas, pero ese es un tema para otra columna.
¿Es posible que exista algo más deprimente que la opresiva superstición de los actuales consumidores de alimentos, predominantemente del sexo femenino, cuando se enfrentan a lo que perciben como “mala comida”? Lo dudo. La lógica no tiene oportunidad. A pesar de estar llenas de cuentas, de un mundo con una severa escasez de alimento y de la irrebatible evidencia de que la dieta procesada que prefieren con alto contenido de sal, grasa y azúcar está matando amablemente a sus seres queridos, los consumidores están en contra de las soluciones tecnológicas.
Puesto que (sorpresa) la primer encuesta creíble sobre la actitud hacia los alimentos provenientes de animales clonados ha revelado grandes temores. El público, léase las mujeres, está preocupado sobre la seguridad, ética y bienestar de los animales. La Agencia de Normatividad Alimentaria descubrió que el público consideraba que los productos provenientes de animales clonados “interfieren con la madre naturaleza”, “son un gigante imparable” y “son un efecto dominó”; y que preferían de plano morir de clichés rancios a beber leche fresca de vacas clonadas. Temen que dichos productos sean inseguros para el consumo humano y deseaban que se realizaran pruebas a largo plazo de entre cinco y diez años, presumiblemente hasta que la luna estuviera en Aries y que Géminis estuviera en ascendente, y en congruencia con las revisiones de los medicamentos nuevos.
Es un viejo mundo divertido. A la vez que estallan revueltas en Haití y Egipto y los líderes en la cumbre alimentaria de la ONU declaran que se necesita reactivar la agricultura para alimentar al planeta, el gran consumidor británico lleva a la anti-ciencia a nuevos niveles al objetar contra una mayor producción de alimentos.
Ya hemos estado aquí. Este mismo argumento emocional puso un alto al uso extendido de los cereales genéticamente modificados en el Reino Unido. La marca de productos modificados genéticamente (GM) adquirió una mala reputación y ahora se imprime en letras pequeñas en los alimentos económicos. Sin embargo, si existe evidencia de que los alimentos modificados genéticamente ocasionan algún daño al medio ambiente o a los humanos, aún estoy por verlo. (Como todavía estoy esperando ver las millones de muertes que se predijeron por la Enfermedad de Creutzfeldt-Jakob (ECJ) en su forma humana por el consumo de hamburguesas infectadas).
Las ironías son muchas: la misma gente que felizmente paga miles de libras esterlinas por tener un bebé por inseminación in vitro, o que busca terapias genéticas para curar el asma de sus hijos, condena la modificación genética como algo “peligroso”. El fastidioso público, deforme por la obesidad y condenados a una muerte temprana por comer rosquillas, se preocupa por la “comida Frankenstein”.
Lo que esta irracionalidad ilustra vívidamente es lo ignorante que la gente se ha vuelto desde que se separara de los elementos básicos de la agricultura. La tierra nos proporcionaba una sabiduría que hemos perdido. La modificación genética simplemente es una forma de reproducción selectiva; ha sido clave para la industria pecuaria desde que el primer cazador recolector decidió dejar de moverse y buscar un toro para su vaca. El proceso en cámara lenta de modificar a los animales por medio de la reproducción se ha usado durante miles de años y no hay una sola línea de vacas, ovejas, cerdos, caballos, perros, gatos o hámsteres que no sea el resultado de muchas generaciones manipuladas por los humanos. Las plantas atravesaron un proceso similar. Y al hacer esto, la productividad se ha mejorado infinitamente.
Es completamente insensato pensar que los animales y las plantas de hoy en día tienen cualquier parecido con lo que solía existir en estado salvaje. Alguna vez todos los perros se veían iguales; simplemente los modificamos reproduciendo los que presentaban anormalidades. Y los astutos jardineros han hecho lo propio: creando, por ejemplo, a partir de mutaciones de la misma especie de planta, el brócoli, la col y la coliflor.
La selección del genoma no implica nada más radical que una reproducción astuta: descubrir qué tipo de genes funcionan mejor y usarlos para mejorar las líneas existentes o para eliminar enfermedades. La clonación es un proceso más acelerado de ese proceso: saltando el periodo de tiempo que le toma a la reproducción normal; acelerando la selección de los más productivos. Los científicos, a quienes se les ha encomendado resolver la crisis alimentaria mundial, algo que no le podemos dejar a los políticos, saben que es seguro. Asimismo, la Administración de Drogas y Alimentos ha dictaminado que los productos provenientes de clones y de sus crías son “tan seguros como los alimentos que consumimos diariamente”. La Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria, siendo un poco más cuidadosa (porque trabaja al paso de tortuga europeo), ha comentado lo mismo.
No se puede permitir que lo que sucedió con los cereales modificados genéticamente vuelva a ocurrir con la carne y leche simplemente porque el consumidor británico está abrumado con el factor del “asco”. Hay mucho más en juego que las sensibilidades de los aprensivos. Es tan sencillo como esto: el bienestar, productividad, salud y sustentabilidad de los animales de granja tienen que mejorar si el mundo seguirá consumiendo carne. Se están sacando todos los peces del mar, las tierras agrícolas se están destinando a los biocombustibles; algo tiene que producir la proteína que mantenga vivo al mundo. Las primeras vacas lecheras Holstein clonadas, que se dice que son capaces de producir 30 por ciento más leche, nacieron ya en Inglaterra. En lugar de ponernos de nervios, deberíamos alegrarnos.